Contactenos RSS Seguinos en facebook Seguinos en twitter Seguinos en instagram

Psicología: Maternidad y trabajo sin culpas

Ser madre y profesional a la vez

Por la Lic. Gabriela Casco Bachem, psicóloga

“Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie”.
Concepción Arenal
(Escritora, periodista y defensora de los derechos de la mujer)

High Class Agosto 2017 - Psicología

La culpa tiene dos vertientes principales: la primera tiene que ver con una acción incorrecta, inmoral o dañina ejercida hacia una persona (culpa social o civilizadora); y la segunda está relacionada con nosotros mismos (culpa personal). La culpa que aparece cuando debemos relegar a la maternidad por el trabajo es personal, porque tiene que ver con aquello que hacemos —o debemos hacer— por circunstancias de la vida, pero que no condice con lo que sentimos o deseamos hacer. La culpa personal es aquella que aparece cuando no somos fieles a nuestros deseos, cuando caemos en cuenta de que nos estamos traicionando y de que algo de lo que hicimos o dejamos de hacer, nos hace sentir culpables porque renunciamos a nuestro deseo.

Cuando nos convertimos en madres, nuestros hijos pasan a ser nuestra máxima prioridad. Entonces, al sacrificar las horas que pasamos con ellos porque debemos retomar nuestros trabajos, la culpa aparece en menor o mayor medida, dependiendo de qué tanto nos afecte conciliar los roles de madre y profesional. Hablar de este tema es importante para que cada mujer sea consciente de la importancia de registrar del origen de esta culpa, y entender si tiene sentido o no y si ese malestar busca transmitir un mensaje difícil de decodificar. Solo conociendo el origen del sentimiento podremos atacar su raíz, entender de qué nos sirve y eliminarlo si es que nos perjudica, ya que tenemos armas lógicas, emocionales y prácticas para hacerlo.

La primer arma es la lógica, que nos dice que toda culpa implica intención. La intención es el componente esencial de la culpa, ya que si le hacemos un daño o un mal a alguien de forma intencional y recibimos el castigo correspondiente, la culpa queda saldada. Pero si lo hacemos sin intención, sabemos que no tenemos culpa. Y aunque esta también aparece, lo hace en menor medida.

Cuando la culpa genera angustia, depresión o frustración, es momento de resignificar las emociones y buscar entender si tiene que ver con algo externo, o con algo que tendremos que elaborar de forma personal. En este sentido, queda claro que las madres no tienen la intención de perjudicar o abandonar a sus hijos, o de preferir su trabajo, profesión u oficio por sobre sus hijos. Pero sienten culpa porque esa fantasía culposa se origina en el inconsciente colectivo social y cultural que todavía ve a la mujer circunscrita a lo doméstico y no a lo laboral como su derecho o ámbito habitual, natural o normal, como sí se percibe en el hombre.

Esta culpa no se encuentra configurada por la realidad, sino por prejuicios; por la forma en que el rol de madre es percibido en la sociedad y reproducido por nuestras propias madres y por la tradición familiar que exige a la mujer entregarse a la maternidad relegando del rol de profesional.

Se condena a la mujer a “pagar un precio” por seguir pensando en sí misma, en su vida fuera de la maternidad. Esta es una sensación que la sociedad se ha encargado de potenciar castigando a las madres en el ámbito laboral, pues en muchos casos se genera esta vulnerabilidad al descartar contratar empleadas domésticas por tener hijos, o al despedirlas si se embarazan. Entonces esta culpa —acompañada de sentimientos de desprotección y vulnerabilidad— forma parte de una fantasía todavía presente en el pensamiento colectivo. Pero también existen factores muy reales que hacen que la mujer tenga sentimientos contradictorios con respecto a la maternidad y al trabajo, mientras que para el hombre devenido padre, todo sigue igual.

La segunda arma para paliar la culpa de volver al trabajo tras convertirse en madre tiene que ver con el manejo de estrategias reales y prácticas. Una de ellas tiene que ver con el lugar y la persona que se hará cargo de nuestro/s hijo/s. Si bien es una odisea colosal encontrar a una niñera o alguna persona que se encargue de los chicos, es importante que esta primero conviva con nosotros para saber cómo nos manejaremos con ellas y establecer nuestras reglas, manejar los horarios, la comida, lo que juegan y lo que pueden ver o no en el televisor etc. Esto de modo a que ella actúe sobre nuestras mismas huellas y no dejarlo todo a su criterio.

Es importante entender y dar a entender a la niñera o familiar encargado de los niños, que ella no queda en función de empleada ni de vigilante en las horas que nos ausentamos, sino que queda en función materna. Hacerles sentir esa jerarquía y relevancia —motivándolas con un pago y un trato acorde a la relevancia que significa su trabajo para nuestra familia— es valorar ese rol tan trascendental e incentivar que también ella pueda retribuir con lo que da. En esto se resume la importancia de encontrar a una persona con la predisposición de amar a nuestros hijos. Somos nosotras quienes debemos enseñarles ese cuidado y esa atención ya que —a diferencia de lo que quizá ellas hayan aprendido en su familia o por diversas circunstancias de la vida— somos sus ejemplos y referencias para el trato con ese niño en particular.

Y en cuanto al arma emocional para eliminar la culpa, debemos tener en cuenta que lo primero que tenemos que asumir y elaborar es la nueva percepción de nuestra libertad. Nunca seremos las mismas luego de saber que vamos a ser madres. En el momento en que nos enteramos de esta noticia también nos tatuamos en la frente una nueva palabra que nos va a acompañar en esta nueva etapa de la vida: renuncia.

Desde el día en que nos enteramos que vamos a ser madres, sabemos que la palabra y la actitud de renuncia acompañará en cada decisión y elección que tomemos, lo cual es una novedad para quien valora su libertad por sobre todas las cosas. No podemos pretender tener la misma vida de soltera si queremos formar familia. Si carecemos de un nivel de frustración maduro y acorde a este nuevo rol, cada renuncia será vivida como un sacrificio y con mucha culpa.

No es lo mismo renunciar a las horas de gimnasio o spá por los hijos (al menos durante los primeros cinco años de vida) que renunciar al trabajo o al aspecto profesional. Entonces, si podemos configurar y aceptar esta nueva forma de ver la vida —una vida con pequeñas o grandes renuncias que forman parte de la gran satisfacción que significa criar a los hijos— la maternidad puede compaginarse con casi todo lo que hacemos.

Existen varias estadísticas y estudios que destierran el mito de que “las mujeres que trabajan fuera de casa pierden tiempo de calidad con los hijos”. El tiempo de dedicación de quien no trabaja fuera es de solo 11 minutos diarios más que de aquellas que lo hacen, según un estudio. Es más, el estar en la casa no es garantía de atención plena a los hijos, mientras que quienes vuelven del trabajo con ansias de ver a sus hijos, les dedican un tiempo de sincera atención que compensa las horas afuera.

El peso de esta doble función ya depende entonces de nuestra percepción y de nuestra capacidad de registrar la aparición de esta culpa, y de disolverla, para poder crear espacios positivos en nuestro trabajo y en el hogar, sin pagar precios injustos o sinsentido. Lo único que necesitan los hijos es estabilidad; una familia, completa o no, personas maternales que sean o no parientes, abuelas/os, tías, niñeras, que les devuelvan el espejo de sus emociones y hagan que se sientan valorados y amados, ya sea en una familia tradicional o moderna, monoparental, con padres empleados o desempleados. No importa mucho la configuración de la familia, siempre y cuando el niño tenga —en principio, durante los primeros seis meses de vida— a una persona con quien generar el apego. Y en los primeros cinco años de vida, lo ideal es lograr una estabilidad emocional con las personas que se embarquen en la hermosa y altruista experiencia de construir la infraestructura emocional de un ser humano.

__

Para más información y consultas, escribir a gabrielacascob@hotmail.com

Esta nota forma parte de la revista High Class de Agosto 2017

Comenta esta noticia



Contactenos RSS Seguinos en facebook Seguinos en instagram