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Psicología: Las mujeres que no quieren ser madres

Una decisión independiente que es parte de la vida de las mujeres

Por la Lic. Gabriela Casco Bachem, psicóloga

Psicologia - High Clas Mayo 2017

Las No Mothers (no madres) o NoMo por sus siglas en inglés, son mujeres que deciden no ser madres. Algunas argumentan su elección con problemas de salud o falta de empatía con los niños. Pero para otras, la decisión es independiente a la infertilidad, la falta de pareja o el desinterés por los niños; simplemente responde a que los hijos no forman simplemente parte de su proyecto de vida.

Un artículo sobre el tema titulado “Las NoMo, así son las mujeres que no quieren ser madres”, publicado en el diario El Mundo (España) señala lo siguente: “En los países occidentales, entre un 25 y un 30 % de mujeres no serán madres, un gran cambio sociológico en apenas una generación. Las cosas están cambiando y la tendencia de no tener hijos está creciendo en todos los países. Hace unos años se hablaba de los singles, hoy se habla de las No Madres”.

En Paraguay también encontramos esta tendencia. Cada vez hay más mujeres que deciden no procrear por diferentes motivos, pero con una sola convicción: no necesitan hijos para sentirse completas, ya lo son. Este es un fenómeno sobre el cual no se habla con frecuencia, pero del que quizá podríamos aprender algo fundamental: la toma de decisiones personales y trascendentales deberían fundamentarse en convicciones íntimas y estar alejadas de imposiciones culturales y sociales. Solo así podremos actuar con autonomía y no culpar o castigar a los demás por el destino que nos toque en suerte.

Existen motivos relacionados a la pareja (no haber encontrado a la persona indicada con quien criar hijos) como problemas biológicos (la infertilidad, la endometriosis o la edad avanzada), además de cuestiones inherentes a la profesión. Pero cuando se trata de una decisión independiente como la de no ser madre, la connotación de rebelión y de empoderamiento en la mujer, sorprende. Esta es una decisión subversiva porque sale de la norma y de lo que se considera una misión en las mujeres. Toda mujer que no desea tener hijos debería comentarlo y vivir esta elección sin necesidad de dar explicaciones a nadie, menos hoy, en pleno siglo XXI.

Una de ellas, Andrea (nombre ficticio), cuenta cómo fue juzgada por su madre cuando se esterilizó a los 33 años: “De novios, mi marido y yo ya habíamos decidido que no tendríamos hijos. En nuestro caso, ambos teníamos la misma postura ante la negativa de ser padres. Pero la presión para que tengamos hijos después de casarnos, de parte de toda la familia, era cada vez más intensa, porque el reloj biológico femenino tiene fecha de caducidad. Decidimos optar por la esterilización. Mi mamá me decía que yo no estaría completa como mujer si no tenía hijos, pero mi decisión irreversible hizo que ella se enoje y me reproche con dureza. Pero con el tiempo, mi medida fue comprendida desde un lugar de respeto a mis elecciones y proyecto de vida, en el que nunca hubo niños incluidos. El malestar fue doloroso, pero mi decisión estaba tomada y no volvería atrás por los prejuicios ajenos ni para complacer a nadie”.

Esta historia pertenece a más de una mujer que ha elegido no ser madre. Más aún en nuestro país, que todavía tiene instalado el software machista en varias esferas de la sociedad, independientemente del estatus social, intelectual o económico. Asimismo, hay una doble moral con respecto a los roles de la mujer, quien se debate con mucha más dificultad que el hombre, entre ser madre y profesional. En general, muchas mujeres arriban a la maternidad por ser algo “que hay que hacer” como si de un ítem curricular exigido por la sociedad se tratase.

Elegir no ser madre tiene muchas ventajas: no existen los miedos a muchas cuestiones que empiezan ni bien nos enteramos que estamos embarazadas; no hay miedo de cambiar, de perder el trabajo, viajar, salir o planificar la vida independientemente. No hay miedos con respecto a permanecer o terminar con una relación de pareja, miedo a la responsabilidad de ofrecerle a alguien que depende absolutamente de uno, un buen porvenir, un ambiente seguro. Las vivencias de las crisis políticas y ecológicas no causan la misma angustia que para una persona que trajo un hijo al mundo. La libertad de ser independiente ofrece comodidades ya que, como decía García Lorca: “Tener un hijo no es tener un ramo de rosas”, en relación a las dificultades y la gran responsabilidad que conlleva. Pero al mismo tiempo que se evitan las espinas, se pierden las flores. Estos cuestionamientos contradictorios quizá nunca podrán ser resueltos ya que quien tiene hijos, también muchas veces se cuestiona: ¿cómo hubiese sido mi vida sin hijos? ¿Hubiese sido mejor profesional? ¿Hubiese realizado mis sueños de viajar o estudiar?

Entre otros cuestionamientos profundos y subjetivos, quien decide no tener hijos se reflexiona sobre soledad, la intriga de saber que se siente ser madre, entre otros. Pero, al menos no deciden ser madres por temor a la soledad ni a los prejuicios. Para estas mujeres, los hijos no tienen porqué ser los responsables de cuidarlas en su vejez, ni tienen la misión de ser sus acompañantes en la vida, o de completar su existencia. Estas variables, sin embargo, sirven de argumento para quienes traen hijos al mundo sin pensarlo demasiado, lo que a su vez puede desencadenar frustraciones respecto al rol materno, desamparo y hasta abandono de los hijos.

En este sentido, tener hijos es sinónimo de esclavitud tanto para la madre como para los hijos. Quizá vieron cómo sus madres eran apremiadas por un marido tirano que le exigía que se sacrificara por los hijos, por la familia, por la satisfacción de todos en detrimento de ella, haciendo la vida desdichada para todos. Una mujer que da todo de sí de forma obligada y no de corazón, cría desde la culpa, lo cual configura hijos infelices que terminan repudiando este sistema de sometimiento al ver que su madre debe sacrificase por todos, pero nadie por ella.

Otro motivo puede ser la inestabilidad mundial (guerras, terrorismo, pobreza, crisis ecológica, contaminación y problemas psicológicos) que hace que muchas mujeres opten por no traer a nadie a sufrir a un mundo tan caótico. Estas y varias otras perspectivas surgen al momento en el que una mujer decide no tener hijos, y los argumentos son tan válidos como los de aquellas que deciden tenerlos.

La guerra entre madres que se quedan en el hogar y madres que salen a trabajar, es tan antigua como la historia. El ejercicio de juzgar compulsivamente a otros no es más que una forma de tranquilizar el narcisismo herido. Algunas veces las comparaciones nos tranquilizan, porque ponemos en perspectiva todo aquello positivo que hacemos y enfatizamos los errores de los demás, nublando la verdad objetiva y vislumbrando solo “la viga” en el ojo ajeno. Esta actitud no es más que un mecanismo de defensa que surge de la inseguridad (y de la megalomanía). Cuando nos encontremos actuando de forma crítica como inquisidores de los demás, es momento de preguntarnos: ¿qué estamos haciendo, o dejando de hacer, para tratar de compensar con la crítica compulsiva la inseguridad que sentimos y que nos causa malestar en nuestro propio actuar? ¿Por qué necesitamos criticar y rebajar al otro para sentirnos mejor? Al tomar conciencia de nuestra actitud, nace la tolerancia hacia muchas formas de pensar distintas a las nuestras, a muchos estilos de vida con los cuales no coincidimos. Solo si nos ponemos en el lugar del otro y ejercitamos la autocrítica, podremos respetar el pensamiento ajeno.

La militancia childfree (libre de niños) que surgió luego de que muchos tópicos de la maternidad perdieran consistencia —como ser el romanticismo que la idealiza, el instinto materno y los debates sobre el aborto— es cada vez más fuerte. El no tener hijos ya no se considera una pérdida, sino una decisión a conciencia que puede frenar un tabú mucho peor: el arrepentimiento por haber tenido hijos. En toda decisión (en cualquier contexto) tenemos que saber que no se puede todo; si optamos por una cosa, perdemos otra y si somos capaces de asumir las consecuencias y las pérdidas de la decisión que hemos tomado, podemos estar seguros de que es la decisión correcta.

Esta nota forma parte de la revista High Class de Mayo 2017

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