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Psicología: La psicología de la inquietud

La influencia del estilo de vida en el estado de ánimo y la salud

Por la Lic. Gabriela Casco Bachem, psicóloga

High Class Julio 2017 - Psicología

Cuando la inquietud aflige, suele manifestarse en forma de tic nervioso o movimientos involuntarios como apretar un botón, morderse las uñas, tocarse el pelo, entre otros. Esta conducta se llama fidgeting (inquietud, en inglés) y es una forma de calmar la ansiedad o el nerviosismo. Pero también es una forma de mantener una atención flotante cuando se realiza una actividad que demanda concentración.

Así, aparecen contradicciones ante el uso de juguetes como el dado antiestrés y el fenómeno del fidget spinner que tiene a todos los niños y adolescentes encantados. (En algunos colegios está prohibido porque distrae y en otros está permitido por su utilidad para la atención). A algunas personas, estos tics les sirven para evadir el aburrimiento, la sensación de vacío o inutilidad; mientras para otras es un potenciador de la concentración. Pero entender la psicología detrás de la inquietud es más profunda de lo que pensamos, y además es subjetiva, se trata de una vivencia personal.

Hoy día, el estilo de vida multitasking (múltiples tareas) nos obliga a hacer algo o muchas cosas a la vez, de forma constante. Las exigencias actuales además nos imponen que ese “algo” que hagamos sea preferentemente productivo, es decir, que se traduzca en dinero o tenga una relevancia significativa, porque de lo contrario, es signo de mediocridad o falta de ambición. Esta característica de sobreexigencia es resultado de un estilo de vida que fuimos configurando a razón de las evoluciones tecnológicas y mecánicas que vinieron a suplir muchos trabajos y quehaceres propiamente humanos, como el trabajo manual y hasta el intelectual.

Esta forma de vida nos dicta pautas y rutinas requeridas para ser un sujeto visible y exitoso del siglo XXI, caracterizado en gran medida por el reconocimiento personal y la buena imagen. La modalidad de exponer “la mejor versión de uno mismo”, en respuesta a las plataformas y a los escenarios que nos ofrecen las redes sociales —que por lo general están constituidas por una imagen de éxito y bienestar— equivale a la extensión psíquica de este estilo de vida: estar constantemente conectados, produciendo, transmitiendo y compartiendo todo tipo información; realizando tareas, concretando negocios o haciendo de terapeuta grupal o individual.

Tras acostumbrar a nuestra mente a esta forma de tramitar el tiempo con múltiples tareas, cuando nos encuentra sin un quehacer “productivo” (sin batería o conexión) nos arroja a una especie de síndrome de abstinencia en donde los síntomas aparecen: desde las formas más leves, como la inquietud y la preocupación, hasta la ansiedad y el estrés.

Analizamos este fenómeno que nos concierne a todos en menor o mayor medida, para comprender la influencia que ejercen los estilos de vida —que elegimos vivir y construimos para nuestros hijos— en el estado de ánimo, y así considerar si valen la pena seguirlos o replantearlos, pues muchas afectan la salud o la paz mental.

La inquietud es un estado de impaciencia, nerviosismo, ansiedad o malestar emocional incómodo. Sus síntomas incluyen insomnio, dolores de cabeza, falta de ánimo y concentración, estados compulsivos cognitivos o conductuales, respuestas automáticas del cuerpo como tics nerviosos o movimientos involuntarios, entre otros. Es un estado que produce preocupación como respuesta del organismo a pensamientos perturbadores, como problemas de salud, económicos, escolares o laborales, y también ante situaciones donde la persona siente inseguridad o peligro hacia su integridad o la de algún ser querido.

En el libro Budismo zen y psicoanálisis (una recopilación de textos de D.T. Suzuki y Erich Fromm) se explica cómo el hombre hipotecó su paz mental a cambio de la comodidad de su cuerpo y de la inmediatez. El texto hace una comparación entre las prioridades de los orientales y los occidentales con respecto al trabajo: “Los occidentales aplican su inteligencia para inventar todo tipo de artefactos para elevar el nivel de vida y ahorrarse lo que se considera esfuerzo o trabajo desagradable o innecesario. Tratan pues de desarrollar los recursos naturales a los que tienen acceso. A los orientales no les importa dedicarse a un trabajo doméstico o manual de cualquier tipo; aparentemente se sienten satisfechos con el estado “subdesarrollado” de la civilización.

El amor al trabajo es quizá característico de Oriente. La historia de un agricultor, tal como la cuenta el filósofo chino Chuang-tzé y se recoge en el libro es muy significativa y sugestiva en muchos sentidos. Dice así: “Un campesino cavó un pozo y utilizaba agua para irrigar su finca. Empleaba una cubeta ordinaria para sacar agua del pozo, como lo hace casi toda la gente primitiva. Un paseante, al verlo, le preguntó por qué no utilizaba una palanca para ese fin; es un instrumento que ahorra esfuerzo y puede realizar mayor trabajo que el método primitivo. El agricultor dijo: “Sé que ahorra trabajo y es precisamente por esta razón por la que no utilizo ese instrumento. Lo que temo es que el uso de ese instrumento me haga pensar solo en la máquina. La preocupación por las máquinas crea en uno el hábito de la indolencia y la pereza”.

Al respecto, el texto reflexiona: “Los occidentales se preguntan a veces, por qué los chinos no han desarrollado muchas más ciencias y útiles mecánicos. Esto resulta extraño, ya que los chinos son conocidos por sus descubrimientos e invenciones como el magneto, la pólvora, la rueda, el papel y otras cosas. La principal razón es que los chinos, y otros pueblos asiáticos aman la vida tal como se vive y no quieren convertirla en un medio de lograr alguna otra cosa, lo que desviaría el curso de la vida por un canal muy diferente. Les gusta el trabajo por el trabajo mismo aunque, objetivamente hablando, el trabajo significa realizar algo. Pero al trabajar gozan su trabajo y no tienen prisa por terminarlo. Los instrumentos mecánicos son mucho más eficientes y realizan más. Pero la máquina es impersonal y no creadora, y no tiene significado. Mecanización significa intelección, y, como el intelecto es principalmente utilitario, no hay esteticismo espiritual ni espiritualidad ética en la máquina. La razón que indicia al campesino de Chuang-tzé a no preocuparse por las máquinas está aquí. La máquina lo apura a uno a terminar el trabajo y alcanzar el objetivo para el que está hecha. Pero así, el trabajo o labor no tiene valor por sí mismo, salvo como medio. Es decir, la vida pierde aquí su carácter creador y se convierte en un instrumento, el hombre es ahora un mecanismo productor de bienes. Los filósofos hablan de la importancia de la persona; como lo vemos ahora en nuestra edad tan industrializada y mecanizada, la máquina lo es todo y el hombre queda casi completamente reducido a la servidumbre. Esto es lo que temía Chuang-tzé. Por supuesto, no podemos hacer girar la rueda del industrialismo hacia atrás, hacia la era de la artesanía primitiva. Pero es bueno que tengamos en cuenta la importancia de las manos y también los males que surgen de la mecanización de la vida moderna, que acentúa demasiado el intelecto, a expensas de la vida como un todo”.

En un mundo que admira la inmediatez y subestima los procesos y la paciencia, quizá la falta de concentración de niños y adolescentes sea efecto de esta velocidad y ritmo de vida. La cantidad de estímulos y facilitadores de vida —obtenerlo todo con un clic o solucionar problemas con pastillas para los estados de ansiedad— dejan al sujeto sin herramientas cognitivas o biopsicológicas para enfrentar las frustraciones de la vida.

Encontrar el equilibrio fuera de la cantidad de tareas y oficios que delegamos en las máquinas o la tecnología, es hoy día imperante. La inquietud nos dice algo, traducir su idioma implica sabiduría y conocer lo que uno necesita. Tomar una actividad fuera de la rutina y convertirla en costumbre y forma de meditación es encontrar el placer del quehacer y disfrutar el ritmo de los pequeños procesos del trabajo. Puede ser algún quehacer doméstico o intelectual, manualidades o arte. Elegir cosas simples como arreglar el jardín, ordenar la casa o realizar actividades intelectuales como leer o escribir, ayuda a distender los pensamientos. Así, dejaremos de lado preocupaciones que si no tienen solución, quizá ya están solucionadas, y dejaremos fluir la tensión para que no se arraigue en el cuerpo y la mente.

Esta nota forma parte de la revista High Class de Julio 2017

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