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Psicología: La empatía

Un regalo para la vida

Por la Lic. Gabriela Casco Bachem, psicóloga

“El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”

Ludwing van Beethoven

High Class Diciembre 2017 - Empatía Psicología

Este 2017 podría definirse como el año donde la empatía fue protagonista en varios escenarios mundiales, por su presencia y por su ausencia. La vimos en acción en cada momento de solidaridad y humanidad que tuvieron aquellos que ayudaron a las víctimas que atravesaron por situaciones extremas; desde ataques terroristas hasta desastres naturales, como el huracán Irma. Lastimosamente, también fuimos testigos de su ausencia en los múltiples atentados ocurridos en todo el mundo, más de 400 este año, en Europa, América, Asia y África. Bombardeos, tiroteos, atropellamientos, desde España, Francia, Alemania, Reino Unido y Suecia, Nueva York, Las Vegas, Bogotá; y en nuestro país, una ola de sicariato y varios secuestros activos. Estos y muchos otros fenómenos son formas en las que la empatía, o la falta de ella, muestran sus consecuencias.

Su ausencia provoca muerte y desolación, y su aparición genera un despertar de la conciencia. Quienes tienen empatía con las emociones de quienes fueron víctimas directas e indirectas de estos momentos de absoluta desesperanza, se manifiestan de todas las formas posibles, a través mensajes en las redes sociales, o hasta en actos heroicos y sublimes de rescate y contención, como en el 9/11 y el Ycuá Bolaños.

La empatía sigue siendo el motor principal que enciende los corazones de muchas más personas, que aquellos que intentan apagarlos con odio e intolerancia. Hablamos de la empatía como un reflejo de la inteligencia emocional, en donde todos tenemos la obligación de registrar en dónde nos hace falta y desde dónde la podemos potenciar y compartir, porque hasta puede ser la clave para iniciar una revolución espiritual, un cambio radical de conciencia universal, empezando por uno y la familia.

La empatía es una virtud

La empatía es un fenómeno que se genera en un tipo de neuronas denominadas “neuronas espejo”, que son las responsables del acceso de una persona a la mente y a las emociones de otra, lo que nos indica que la función de la empatía es tratar de comprender objetivamente lo que le sucede al otro, lo que siente y piensa, es decir, ponerse en el lugar del otro. Esto le otorga un valor social muy alto a esta virtud ya que, al ser empáticos con los demás, podemos construir vínculos familiares y sociales más sólidos y seguros, una sociedad más armoniosa y considerada con los más vulnerables, menos corrupción en todos los niveles, y así sucesivas cadenas de virtudes que se autogeneran a partir de ella.

Muchos estudios indican que la falta de empatía emocional y cognitiva son formas de discapacidad para comprender al otro y ponerse en su lugar, imposibilidad de responder con las emociones correctas a los estados mentales del otro, y esto podría configurarse en la infancia. La forma en que nuestra madre, o persona maternante, fue capaz de traducir y poner en palabras de forma asertiva o no, las emociones y sensaciones, que todavía en esa etapa no podemos expresar verbalmente, quizá hasta pueda explicar el nivel de violencia a la asistimos hoy día en varias esferas sociales.

La falta de consideración e incapacidad de identificarnos con el dolor ajeno hace que seamos meros espectadores de lo que sucede alrededor y que no nos involucremos en nada que amenace sacarnos de nuestra zona de confort, el cual está acolchonado con factores subjetivos que van desde los prejuicios y los dogmas que nos aseguran de que encarnamos “el bien”, y de que tenemos la razón con cualquier argumento.

Este aspecto explica Laura Gutman en su libro Crianza, violencias invisibles y adicciones: “Personalmente, creo que todas las formas de violencia, pasivas o activas, concretas o sutiles, se generan a partir de la falta de maternaje, es decir, a partir de la falta de calidad de atención, calidez, amor, brazos, altruismo, generosidad, paciencia, comprensión, leche, cuerpo, mirada y sostén… recibidos –o no– desde el nacimiento y durante toda la infancia. Nadie puede ofrecer lo que no tiene, así que esta es una realidad que se perpetúa de generación en generación. Si no he recibido suficiente atención de acuerdo con las necesidades reales y subjetivas de mí ‘ser’ bebé, esa falta se convertirá en la imposibilidad de dar a otro algo que no he aprendido. No puedo maternar o paternar si no sé lo que eso significa. Desde el punto de vista del bebé, toda experiencia sin suficiente apoyo y sostén, es violenta. Porque actúa en detrimento de las necesidades básicas. Las necesidades básicas se refieren a la supervivencia. Aunque un bebé bien alimentado e higienizado no se muera corporalmente, no hace falta explicar que no se trata solo de supervivencia física”.

De la sintonía que los padres puedan establecer con sus hijos dependerá entonces la empatía que sientan con ellos y luego ellos con los demás, para descifrar y comprender las necesidades, en principio del bebé que no las puede decir, y a futuro, de los hijos que muchas veces manifiestan con actitudes negativas o síntomas, aquello que no pueden explicar con palabras. Esto, trasladado a escalas externas en el trabajo, con los amigos y a nivel social, habla de la poca importancia que todavía le damos a los sentimientos del otro, queriendo siempre imponer nuestro punto de vista o el de la ideología o partido que profesamos, para poder “sobrevivir” a esas necesidades básicas hoy día, ya no de supervivencia vital de aquel bebé que todos fuimos, que pide leche o contención, sino de reconocimiento y atención, de consideración, importancia o fama, que traducido a las vivencias originarias, no son más que esas necesidades infantiles que no fueron satisfechas y que, por ende, pujan y luchan con berrinches cada vez mas sofisticados como guerras y atentados contra todo aquello que les impidan existir.

Ponerse en el lugar del otro

Continúa diciendo Laura Gutman en el mencionado libro: “En la historia reciente y actual hay numerosos ejemplos para revisar la dificultad que tenemos en ‘escuchar’ lo que el otro tiene para decir. Y esta dificultad es análoga entre dos individuos o entre dos naciones. Es lo mismo. Reflejan exactamente la misma necesidad violenta de ocupar todo el territorio emocional, porque somos una suma de individuos faltos de maternaje. Conformamos una unidad donde cada uno de nosotros supone que solo obteniendo poder, dinero, fama, más dinero y ampliación de las fronteras, solo así, estaremos resguardados. Porque la sensación interna de peligro es total y permanente, y porque en nuestra organización emocional, estamos solos y nos acechan los depredadores emocionales. Siempre y en toda circunstancia”.

Hoy día vemos a través de las redes y las pantallas de televisión la cantidad de atentados y guerras desatadas a lo largo de todo el mundo, lo que en una escala mucho menor, es análogo a una simple batalla legal por la tenencia de un hijo en un divorcio controvertido.

Hace poco vi el documental sobre la princesa Diana de Gales en Netflix, quien fuera una de las mujeres más importantes del siglo XX, y no precisamente por el título monárquico que ostentaba, o por ser un ícono de belleza, sino por su incansable labor humanitaria, que le otorgó el título de “la reina de corazones”. En el documental decía que ella fue capaz de conectar con el dolor ajeno, porque ella misma lo había vivido en su infancia, llena de desamparos y dolor, luego en su matrimonio decepcionante. Este es otro camino al cual puede acercarnos el dolor, comprender mucho mejor el sufrimiento ajeno y hacer algo por el otro, algo que no hicieron con nosotros, un rescate emocional mutuo, que genera este potencial solidario y carismático que tenía ella a donde iba.

Todos tenemos una persona altamente empática en nuestras vidas para aprender de ellas. De mi madre, Aurora Bachem, aprendí sobre la empatía cognitiva que, como psicoanalista, encuentra cuales son las fortalezas, y por ende el potencial de las personas a quienes acompaña a encontrar la mejor versión de sí mismas, sean sus pacientes o no. De mi suegra, María Cristina Albertini, aprendí sobre la empatía espiritual y emocional, aquella que siempre busca reunir a la familia, ofrecer de sí toda su energía y amabilidad en todo momento, con una convicción envidiable en sus creencias espirituales y en las personas que ama.

Estas son algunas características de las personas empáticas y todos podemos desarrollarlas, solo basta con registrar los ejemplos que tenemos alrededor y ponerlos en práctica, más aún si tenemos hijos. Empezando por escuchar, hacer sentir bien a quienes nos rodean e inspirar la acción y el cambio a nuestro alrededor.

En estas fiestas, el mejor regalo que podemos dar es una actitud empática, ver quién necesita de nuestro acercamiento, de nuestra solidaridad, ponernos en el zapato del otro, quizá de aquel que menos espera y así dar testimonio de que de esta virtud se desprenden todas las demás.

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Para más información y consultas, escribir a gabrielacascob@hotmail.com

Esta nota forma parte de la revista High Class de Diciembre 2017

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