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Psicología: La dinámica entre las emociones y la alimentación

El reto de reconciliarnos con nuestros cuerpos

Por la Lic. Gabriela Casco Bachem, psicóloga

“Somos lo que comemos”

Ludwing Feuerbach

Filósofo y antropólogo alemán

High Class Setiembre 2017 - Psicología

Empieza esa época del año en que todo se renueva, la naturaleza invita a florecer y a reeditar la imagen buscando la mejor versión de nosotros mismos. Para algunos es la mejor estación, la del sol, los flores y los colores; para otros es un tiempo angustiante, porque empieza la carrera para ponerse en forma. Y para estas personas, llegar a la imagen ideal puede convertirse en una pesadilla u obsesión ya que la expectativa que tienen es muy alta, a veces incluso imposible de cumplir, que los lleva a optar por dietas extremas, cirugías y trastornos alimenticios.

¿Cómo hacemos para lograr un equilibrio entre las emociones y la alimentación? Entender esta dinámica es importante para dimensionar la trascendencia no solo de desintoxicar el cuerpo de comida chatarra, sino también de aquellas emociones y paradigmas que nos dejan en la puerta giratoria de la insatisfacción con la imagen corporal y la autoestima.

¿De dónde surge la elección de lo que vamos a comer? ¿Tiene que ver con nuestro estado de ánimo? En realidad, se dan ambas situaciones: la comida afecta nuestras emociones, y nuestras emociones determinan muchas veces lo que comemos. Al respecto, un artículo de la página digital lamenteesmaravillosa.com titulado “Comida y emociones, un binomio fantástico”, dice cuanto sigue:

“Nos sentimos inclinados por algunos alimentos y rechazamos otros, pero no somos conscientes del porqué. También cambiamos de hábitos: a veces nos morimos por un helado y en otras ocasiones nos parece repulsivo un dulce. ¿Qué mecanismos operan allí? Pues bien, los estudiosos del asunto indican que, en principio, existe una relación directa entre la cantidad de energía que percibimos como necesaria y la inclinación a consumir ciertos productos. El gusto por el café, el té negro, el mate o la carne, se asocia con la percepción interna de que carecemos de energía. En cambio, la afición por el azúcar o el alcohol se relaciona con la sensación de que tenemos energía de más y necesitamos compensar la ansiedad que nos genera”.

Esto significa que, además de las emociones, también la química de los alimentos, y lo que biológicamente exigen el cuerpo –ya sea dopamina, serotonina o endorfinas, entre otros–, influyen en aquello que decidimos comer. Al respecto, la Lic. Betharram Scarone Casco, nutricionista y especialista en nutrición deportiva, nos dice:

“Comer no solamente cubre nuestras necesidades fisiológicas y nutricionales, sino que la conducta alimentaria influye en el comportamiento de cada persona, en sus emociones y humor. En general, las personas más felices siempre son las que se alimentan saludablemente. Aquellas que consultan para mejorar su rendimiento deportivo o nutricional, y ya vienen teniendo una dieta balanceada, son enérgicas, dinámicas y predispuestas a las rutinas y a la disciplina. En cambio, quienes consultan por cuestiones de sobrepeso/obesidad, y comen alimentos poco saludables, tienden a presentar el polo opuesto de las emociones y baja motivación, lo cual exige más dedicación y cuidado multidisciplinario. En nuestro país, la concienciación con respecto a la alimentación saludable y de variedad, se ha ampliado y existen cada vez más opciones para adoptar estilos de vida saludables y placenteros, opciones que antes no existían, como viandas, opciones para celíacos, diabéticos, etc. Cada grupo de alimentos tiene características específicas, que actúan de manera diferente sobre nuestras emociones. Por ejemplo, los alimentos salados se relacionan con la ansiedad y los estados compulsivos, mientras que los dulces se asocian más con preocupaciones, sensaciones de abandono o rechazo afectivo. Un ejemplo claro es cuando las mujeres están depresivas, estresadas o con SPM (síndrome premenstrual); son momentos en los que buscan darse atracones de comida. Pero esto se modifica con los cambios de hábitos y no con dietas estrictas y que suprimen ciertos tipos de nutrientes, como se cree. El éxito consiste en estar en contacto con el nutricionista y el psicólogo, ya que indefectiblemente, puedo decir, las emociones y la alimentación van de la mano”.

La película de Netflix Hasta los huesos expone la cruda realidad de las personas que padecen trastornos alimenticios como la anorexia y la bulimia. Es impresionante la dedicación y el empeño que ponen para bajar de peso. Esto evidencia que tienen un plan al cual se ajustan estrictamente. Por supuesto, nadie planea fracasar cuando se propone algo, y en estos casos está claro que lograr el objetivo es primordial, aunque este sea mortal.

El cambio de planes, de paradigmas y de percepciones del entorno son estrategias para combatir estas patologías. Las autoexigencias no son más que formas de domesticación social y cuando hay una predisposición de acatar neuróticamente los mandatos –en este caso, los cánones de belleza y moda– sin tomar conciencia de los deseos, la identidad y la autonomía, se vuelven perjudiciales. El mecanismo de la domesticación basada en premios y castigos se percibe así: si la persona está delgada se sentirá “aceptada” por los demás, obedeciendo a un mandato inconsciente para ser “premiada”. Quien en cambio no obedece será “castigado” con el “rechazo”, la burla o el bullying. Si los animales más feroces, salvajes y libres como los leones, lo elefantes y los delfines pueden ser domesticados para los circos a partir de premios y castigos, ¿por qué no lo sería el ser humano?

Es cierto que gracias a campañas de concienciación sobre la influencia de los medios de comunicación en la conducta de los niños y adolescentes con respecto al peso, es que hoy día los cánones de belleza son más realistas. Pero todavía existen, en mayor medida, publicidades con modelos muy delgadas, lo que paradójicamente “nutre” el ideal de quienes luego son vulnerables de padecer anorexia y bulimia, enfermedades con detonantes multifactoriales como la genética, el entorno y la influencia psicológica.

Un estudio publicado por la BBC expone los resultados obtenidos por un comité del Parlamento británico que dice: “La mayoría de los británicos, incluso niños de diez años, están insatisfechos con sus cuerpos. La investigación concluyó que la obsesión por la imagen propia es la mayor causa de depresión y falta de confianza en la sociedad actual. La insatisfacción con la imagen corporal está tan extendida en todas las sociedades que no solamente afecta a los adultos, ya está afectando a niños”. Es por esto que los británicos piden que se incluyan lecciones obligatorias sobre su imagen corporal y educación sobre alimentación saludable en la malla curricular de los estudiantes.

El síntoma es un problema personal y subjetivo que pertenece única y exclusivamente a cada individuo. En todos se tramita de diferentes formas, ya sea a través de las emociones, las somatizaciones y para algunos a través de los trastornos alimenticios, ya sean extremos o no. Cambiar los hábitos inevitablemente modifica la estructura del síntoma hasta disolverlo ya que no tiene con qué nutrirse. Así, cambiar los ratos de ocio por actividades lúdicas o intelectuales, establecer rutinas saludables como caminar una vuelta a la manzana todos los días o aumentar la socialización con amigos, ayuda a sosegar la inquietud. También contribuye a aprender mecanismos que nos ayuden a enfrentar los problemas y la ansiedad sin acudir a la comida. Estas son, entre otras, algunas posibles soluciones y alternativas para cambiar conductas inadecuadas entre la compleja relación de la comida y las emociones.

En la medida en que estemos en paz con la forma en que nos percibimos, podremos tomar conciencia de cuál es el valor auténtico de las personas. La alimentación es, sin duda, una gran ayuda para poner en práctica la frase griega y milenaria que dice “en cuerpo sano, mente sana”. Pero hay que empezar por los pensamientos, abandonar la autocrítica destructiva y empezar a nutrirnos con palabras amables y referencias positivas, para experimentar una reconciliación con nosotros mismos. Si nos sentimos cómodos con nuestro cuerpo, aceptándolo tal cual es, con sus defectos y virtudes, entendiendo la influencia de los genes y la cultura, nuestra mente podrá dar lugar a prioridades e intereses más trascendentales. Como consecuencia, esta belleza se traducirá en la imagen, que no es más que el vehículo del alma. Al entender esto, el cuidado del cuerpo, la imagen, la moda y la estética pueden convertirse en herramientas que nos ayuden a expresar parte de nuestra personalidad, sin culpas, exigencias ni medidas extremas.

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Para más información y consultas, escribir a gabrielacascob@hotmail.com

Esta nota forma parte de la revista High Class de Setiembre 2017

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