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Opinión: Yo nunca me quise enamorar, y sin querer…

yo no me quería enamorar

Por Alejandra Vázquez

Para mí siempre fue un poco abrumadora la posibilidad del amor.

Nunca, enamorarme fue una idea tranquilizadora ni un anhelo. Cuando cerraba los ojos para pedir deseos, no soñaba con un gran amor.

De niña, cuando las demás se imaginaban un futuro con un príncipe azul, me preguntaban entre esas conversaciones infantiles que pretenden jugar a ser grandes, a los cuántos años me quería casar y cuántos hijos quería tener, respondía “a los 27” y “tres”.

Todas tenían una respuesta, aparentemente muy bien pensada, para ese tipo de preguntas. Yo, buscaba respuestas similares a las demás y me quedaba pensando en que eso no era lo que quería realmente. Entonces, dejaba guardados para mí mis propios sueños y aprendí a pertenecer. No quería parecer diferente.

El tiempo pasó, todas crecimos y, por suerte, muchas de las mismas niñas hoy encontraron a su príncipe azul.

Yo, a mis 28 años, no estoy casada ni tengo el primero de los tres hijos imaginarios. Sin embargo, de a poco, y a mis tiempos muy peculiares voy haciendo realidad esos sueños que antes había aprendido a callar.

En todo este proceso, sin embargo, me tocó conocer el amor que nunca busqué. Y, luego, me tocó perderlo. Es extraña la manera en la que, de repente, cuando algo acaba todo al parecer se vuelve más pequeño. Como si nada fuera en verdad tan extraordinario como parecía ser.

En la imprudencia que conlleva el amor, peligrosamente los más románticos se empiezan a ver en los ojos del otro y, al final, cuando queda muy poco que salvar, se encuentran con que no recuerdan quiénes eran antes de aquella historia. No saben cómo volver a empezar.

La memoria puede ser muy sádica y los recuerdos se van reduciendo a una sucesión de golpes que ilusoriamente pueden hacernos dudar acerca de qué fue real y qué fue ilusión. Enseguida, empezamos a culparnos de lo que perdimos.

Lo bueno es que el tiempo trae claridad. Aprendemos a perdonar sin que nos pidan disculpas y a pedir perdón sin orgullos. Pero, por sobre todo, con el tiempo uno se reencuentra y se reconcilia con uno mismo. Vuelve a creer y vuelve a sorprenderse.

En estos años, que no serán muchos, lo que aprendí del amor es que no se busca, ni se propicia. Que solo llega, de los lugares menos esperados y, a veces, en los momentos menos oportunos.

Aprendí que se trata de volver a mirar todos los días y descubrir algo que no habíamos visto antes y que se tiene que reinventar. Aprendí que la verdadera satisfacción está en encontrar nuevas maneras de ofrecer pequeños momentos de felicidad.

Sin haberlo buscado, lo volví a encontrar, y no se me ocurre nada más conmovedor y afortunado que el presente. Sin querer, lo que escribo va con dedicatoria… Gracias, de verdad.

Este artículo fue publicado en la edición de febrero 2014 de High Class.

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