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Especial Madres: Herencia de familia

El legado de Marisol Pecci

Tres generaciones y la danza, como un hermoso vínculo de amor que las une. Marisol Pecci, Paloma Abente y Fernanda Goiburú nos hablan de qué significa para ellas el baile y cómo conviven abuela, hija y nieta día a día en la academia donde pasan la mayor parte de su tiempo. La disciplina, el compromiso y la familia, ante todo, también fueron los temas que tocamos en esta amena charla.

Por Mariela García

Entrevista - High Class Mayo 2017

Marisol Pecci es toda una institución en lo que a danza se refiere. Desde hace más de tres décadas se mantiene al frente de una escuela que lleva su mismo nombre y aún recuerda con alegría esos primeros años de baile, cuando descubrió su vocación, una pasión a la que se entregó plenamente para sostener a su familia. Es es madre de Luis Francisco, Juan Andrés, Kamila y Paloma, y si bien las dos mujeres practicaron desde pequeñas la misma disciplina, fue la mayor quien heredó de ella el amor por este arte. Hoy Paloma Abente es la mano derecha de Marisol. Amigas y compañeras del día a día; tan distintas como inseparables, las une un lazo que se fortalece con el tiempo.

Pero hay un antes y un después en la vida de toda madre, y para contar la historia de Marisol nos remontamos a su infancia. Ella practicó danza clásica desde los seis años y a los 15, mientras se formaba junto con sus hermanas con la maestra de origen ruso Tala Retivoff, se dijo a sí misma que eso era lo suyo. Tiempo después, luego de ingresar al Ballet Municipal de Asunción, se le presentó la oportunidad de vivir en São Paulo, Brasil. En el extranjero tuvo como maestros a Yoko Okada e Ismael Guiser, y sin dejar el ballet se empapó de la danza moderna y el jazz, estilo que trajo consigo a su retorno.

En una época en la que una mujer dejaba todo de lado para dedicarse enteramente al cuidado del hogar, la maternidad no hizo más que ampliar sus metas. Paloma era tan solo una bebé cuando su mamá se encontraba radicada en la ciudad paulista. “Ella realmente mamó esta profesión”, comenta nuestra entrevistada, recordando también que al volver al país y al abrir su academia, la niña tenía cuatro años más o menos. Como era de esperarse, desde pequeña aprendió a contar los tiempos, a mantener su postura y a moverse al ritmo de la música.

En referencia a estos años, Marisol rememora: “fue tanta la dedicación que le di y le sigo dando a la escuela que todas mis alumnas son como mis hijas. Con amor y entrega, así como lo hace una madre sin hacer distinción, trataba de infundir a mis chicas lo que yo sabía y Paloma formaba parte de ese grupo”. La experiencia de la maternidad le dio muchas de las lecciones que aplica en sus clases, “Desde el principio sentí que esto de tener una escuela de danza es más que enseñar pasos o equilibrarse en una pierna. Aquí hay mucho de disciplina y respeto a los demás” resalta.

La maestra afirma que lo que siempre inculcó en su escuela no sólo ayuda a los alumnos a mantener una actitud acorde en clase. “Es una formación integral que les sirve o les va a servir cuando sigan una carrera universitaria, en sus futuros trabajos y en la vida misma. Yo siento que la manera en la que procedemos aquí es como si viviéramos todos juntos en una gran casa, como si los profesores fuéramos parte de su familia. Buscamos encaminarlos para ser mejores personas y apoyarlos para que puedan cumplir sus sueños, así como lo hacen también sus padres. En este lugar se enseña más que danza”, expresa.

Mamás y bailarinas

Al consultarle acerca de cómo logró mantener el equilibrio entre su vida profesional y familiar, su respuesta es sencilla: “La danza me impulsaba. Cuando tenés esa edad y tanta energía podés hacer de todo. Yo enseñaba de mañana, siesta, tarde y noche, y siempre andaba con la idea de presentar espectáculos. Los domingos me ocupaba de limpiar la casa o nos íbamos de camping con mis chicos; entre semana tocaba ir al supermercado y llevarlos al colegio. Ya cuando crecieron delegamos responsabilidades, pero antes de eso, aún así nos alcanzaba el tiempo para estar juntos. Cuando uno quiere puede”, precisa.

En lo que respecta a las funciones de la institución, hoy en día se apoya en Paloma, quien maneja el 80% del gerenciamiento. Ella fue tomando el relevo lentamente al terminar la secundaria, dando clases primero solo a un grupo, luego se le sumó otro y así progresivamente. “De repente me encontraba en varios turnos organizando de todo”, comenta Paloma y confiesa: “Yo nunca me cuestioné el porque sigo este camino de la danza. Siempre estuve en medio de esto y las cosas se fueron dando. Creaba coreografías, bailaba e incluso estaba siguiendo la carrera de Biología en el momento en que empecé a enseñar. Sobre la marcha mis prioridades fueron definiéndose y así fue como me quedé con el baile”.

También como madre, Paloma es consciente de la importancia de compartir con sus hijos, tratando de estar presente en la medida de lo posible, pero manteniendo la independencia de cada uno de ellos. La primogénita de Marisol es mamá de Ignacio Goiburú, quien si bien experimentó el hip hop prefirió el deporte. Le gusta ir a las obras que ofrece la academia pero no formando parte de la puesta, si no como público. Quien lleva el arte en la sangre es Fernanda Goiburú, una joven que se encuentra en la última etapa de la secundaria y cuya intención también es seguir los pasos de su madre. “Yo empecé en esto cuando tenía dos años, y que recuerde, nunca tuve la opción de decir que no a esto. Antes no me daba cuenta y ahora que crecí sé que si tuviera la opción no dejaría de practicar danza. ¡Por suerte me obligaron! Nací aquí y no lo pienso soltar. Ahora asisto a las clases de mi mamá para ver cómo lo hace y cuando se dé la oportunidad me gustaría poder reemplazarla, cuando se encuentre de viaje por ejemplo, y así involucrarme más”, relata la jovencita.

La matriarca de este clan nuevamente toma la palabra para alabar lo diferente que son ella y su hija, algo que su nieta puede respaldar. “Yo soy muy enérgica y ella me trasmite tranquilidad”, dice Marisol y añade: “Paloma es la que trae idea; yo aporto las sugerencias. Nos complementamos bastante bien. Ella también se ocupa de investigar constantemente sobre cursos existentes en el exterior que puedan beneficiar a los chicos, o de invitar a profesionales y traerlos a nuestro espacio. Maneja además varios contactos y todo lo que tenga que ver con logística. Somos un equipo”.

Dos modelos a seguir

Como adolescente, Fernanda tiene una preocupación: muchas chicas de su edad no tienen noción de la constancia. “Pocas veces realizan una actividad o un hobby por más de un año. Es como si se aburrieran muy rápido. Eso es muy diferente a lo que yo estoy acostumbrada. Todos los días tengo que hacer lo mismo: practicar para ser mejor que la jornada anterior. Es como que lo tengo incorporado en mi ser y sé que muchas personas no tienen esa conciencia de la perseverancia. Es algo de lo que estoy muy agradecida con mi abuela y con mi mamá por haberme inspirado”, manifiesta.

Admite además que le gustaría aprender de su abuela la manera de manejar la presión. “Desde chiquita veo, por ejemplo en los días de festivales —sin dudas los más difíciles del año— cómo ella es capaz de lidiar con todo y con todos: con el electricista, el responsable del teatro, las bailarinas y sus mamás. Todo sin perder la calma. Su organización me parece impecable. Además quiero ser como ella a su edad y mantener ese espíritu joven. Ella no se queda quieta: camina, baila, va a la clase de gimnasia y tiene el cuerpo que tiene”. De su mamá, en cambio, desea poder adoptar su método de instrucción. “Su manera de enseñar en las clases y lo buena que es con las alumnas. Con su personalidad tranquila puede lograr que yo haga lo que tengo que hacer”, detalla.

Rafaela y el pre ballet

Con solo cuatro añitos de edad, Rafaela —que al igual que Fernanda es también nieta de Marisol— representa a otra generación. Ella empezó las clases el año pasado y tanto su tía como su abuela afirman que ahora mismo no esperan nada de ella, sino que aún están conociéndola en su faceta de bailarina. “La sorpresa es que nació con todos los genes”, anuncia con alegría Marisol añadiendo que “sorprendió la manera en que le gusta y como en ella comprobamos los beneficios del acercamiento temprano al baile”.

“Así es como nosotros encaramos lo que es el pre ballet, que abarca desde los tres hasta los seis o siete años. A través de ciertos estímulos vamos dejando que el niño se vaya manifestando. En este programa no impartimos técnicas de ballet porque los chicos son muy pequeños, pero sí propiciamos ese acercamiento a la música y al movimiento espontáneo para así descubrir esa parte artística que todos tenemos”, detalla.

Al hablar de sus preferencias, cada miembro de esta familia de artistas deja en claro cuan interesante es la diversidad. Justamente enseñar a los más pequeños es lo que le complace a Paloma, pero si de bailar se trata lo suyo es el jazz. “Tiene muy buen swing”, asegura su mamá.

Fernanda, por su parte, opta por el estilo contemporáneo porque le resulta más fácil expresarse a través de este género que con cualquier otro. “Puedo moverme con más libertad, y así descubrirme en muchos otros aspectos”, puntualiza.

Marisol también ama la danza contemporánea. Sobre sus inicios, recuerda: “Yo tenía que ser dramática y la danza me ayudaba a lograrlo. Mis manifestaciones eran de dolor, ya que era una época muy dura para nuestro país. La danza moderna te libera de cierta estructura, quizás muy rígida, y así te podés sentir a gusto”.

Esta historia continuará, y es Fernanda quien se encarga de anunciarlo. “Todavía nos queda pendiente compartir escenario bailando las tres juntas”, finaliza. Un deseo que bien podría cumplirse en los próximos meses, cuando Marisol Pecci Danza celebre 36 en el mundo de la danza.

Esta nota forma parte de la revista High Class de Mayo 2017

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