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Entrevista: En el nombre del padre

Sobre la arquitectura, la experiencia y el legado

“Uno hace para aprender y aprende haciendo”. Estas son palabras que el arquitecto Solano Benítez puede aplicar a cualquier tema, más aún en referencia a cómo logró combinar el ejercicio de su profesión y la paternidad. Luego de trabajar juntos en el mismo estudio, el Gabinete de Arquitectura, hoy su primogénito, Solanito Benítez, emprende su propio camino.

Por Mariela García

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Muchas veces, los hijos terminan por seguir el mismo camino que sus padres, sin siquiera plantearse si les interesa o no, debido a que no tienen posibilidad de elección. La historia de Solanito Benítez, sin embargo, es distinta.

El joven arquitecto es el primogénito de Solano Benítez, quien, aún siendo uno de los más destacados exponentes de la arquitectura en Paraguay y América Latina, revela con absoluta sinceridad que escogió esta carrera sin estar plenamente seguro. “Siempre fui muy disperso como para decir que tenía claro lo que iba a hacer el resto de mi vida, al contrario. Recuerdo que en el momento de elección estudiaba Ingeniería y complementaba las tareas de Matemáticas con Dibujo y otras materias de Arquitectura, hasta que en algún momento y por alguna razón, finalmente opté por esto”, recuerda.

El profesional asegura que la carrera le dio la oportunidad de entender todo lo que podía hacer: “Creo que la posibilidad de usar la creatividad y el potencial para imaginar (de un arquitecto) no es muy distinto al que pueda tener un buen economista, un abogado o incluso un médico. No me considero particularmente dotado para el dibujo ni para el cálculo. Uno hace para aprender y aprende haciendo, y en ese proceso terminé siendo arquitecto”.

Cuando tenía 27 años, prácticamente la misma edad con la que cuenta hoy Solanito, ocurrieron muchos de los acontecimientos más significativos de su vida. Iniciaba una nueva vida en pareja, comenzaba trabajar en arquitectura y se convertía en padre. Fue un periodo de mucha ansiedad, pues desconocía lo que le deparaba el futuro. De aquella etapa recuerda anhelar un estudio de arquitectura cerca de su casa, pero no dentro de ella. “Sentía que si la gente iba a hablar conmigo podía interrumpir mi relación parental, pero no al revés. A mí no me molestaba que ninguno de mis hijos estuviera cerca mientras estaba trabajando, algo que incluso hasta ahora sigue ocurriendo”, bromea mirando a Solanito.

Entre varias anécdotas, recuerda que cuando su hijo tenía 13 años, llegadas las vacaciones de verano le entregó su primer casco y un par de botas, y lo llevó a trabajar como ayudante en una obra. A manera de transmitirle enseñanzas con el ejemplo, decidió mostrarle cómo las personas usaban su cuerpo e inteligencia para manejar los materiales y de qué eran capaces de hacer. “Si bien es cierto que desde chico él pudo ver cómo se dibuja un plano, esa habilidad puede desarrollarla cualquier persona con un lápiz y un papel, sin la necesidad de algo más. Pero el poder vivenciar algo distinto y ver cómo otros, con su máximo esfuerzo intelectual y físico, son capaces de modificar el mundo, de levantar una geografía nueva, le hizo entender de qué manera el proceso y la gestión termina convirtiéndose en una obra. Una cosa es teorizar y otra es usar el tiempo en la experiencia”, señala. Para él, retransmitir los valores que le fueron inculcados siempre fue muy importante. “Los niños aprenden ayudando a sus padres. Esa es una experiencia intransferible y que hace a la vida de las personas”, agrega.

Seguir el camino del padre

“Todavía no sé lo que voy a estudiar, pero hay una cosa que sí sé, y es que arquitectura no”, dijo Solanito a su padre poco después de finalizar la secundaria. Solano prefirió no opinar al respecto, ya que consideraba que su hijo tenía la oportunidad de optar por lo que quisiese. Con el paso del tiempo, Solanito cambió de opinión, y hoy su padre expresa orgulloso: “Yo considero que si hubiese tenido la mitad del talento que él tiene habría podido llegar más lejos”.

Hoy día aunque haya culminado la carrera universitaria, Solanito no da nada por cerrado. Su experiencia laboral inició hace seis años en el Gabinete de Arquitectura, junto a su padre y la arquitecta Gloria Cabral. Luego, a mediados de 2016, decidió abrir su propio estudio, el cual lleva el nombre de Mínimo Común, donde trabaja con otras tres personas.

“Como despacho, nuestra formación prácticamente se la debemos al Gabinete de Arquitectura. La admiración que le tenemos es por la manera de ver las cosas y replantearse cuál es el rol del arquitecto en la sociedad”, expresa Solanito, quien haciendo memoria sobre una de las charlas que tuvo con su papá rescata esta definición: “La arquitectura es la mezcla del arte y la técnica; el buen hacer o el hacer extraordinario se convierte realmente en arte”. Entonces, prosigue, “nos olvidamos del arte al hacer hoy arquitectura. Perdimos la condición de la emoción. Si el arte busca emocionar a la gente, esta disciplina (la arquitectura) no se debería tratar solamente de una cuestión técnica. Podés poner los ladrillos de la manera más rápida y eficiente, pero es más que la mera condición arquitectónica. Algo más complejo”.

Solanito manifiesta, además, que aprendió a pensar que todo lo siguiente que haga tiene que ser mejor, pero se pregunta a la vez: ¿ser mejor para qué? “Ahí es donde entra la parte social. La arquitectura tiene que poder regalarle algo a la sociedad, aunque sea una emoción”, continúa.

La decisión de independizarse y conformar su propio equipo tuvo que ver con que tanto padre como hijo tienen cada uno una forma propia de ver las cosas. Sin embargo, Solanito sigue trabajando con su padre, quien a su vez considera que las circunstancias son elípticas, que todo siempre está girando y que en esa rotación hay encuentros, desencuentros y continuidades.

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Dos generaciones de arquitectos

Padre e hijo también se toman un momento para analizar la brecha generacional entre ambos. “Apareció la herramienta electrónica y nosotros dejamos de dibujar a mano —dice Solanito—, y todo el proceso se convirtió en algo rápido que hace que perdamos los puntos de vista, la perspectiva. Nuestra generación tiene que hacer un esfuerzo extra para entender muchas cosas y para usar toda la información a la que tiene acceso”, sostiene y, además, cuestiona: “pero, ¿de qué sirve tener todas las herramientas si no existe un conocimiento y una mirada crítica?”

“Somos dos generaciones totalmente distintas”, reafirma Solano. “Él pertenece a esta llamada Millennial, y en cambio yo soy de la Generación X. Por ejemplo, para poder llegar al conocimiento yo tenía que hacer una travesía a través de las bibliotecas y los lugares donde me decían que había libros, porque era impensable comprarlos todos en aquella época. Hoy todo está en la punta de los dedos y no hay punto de comparación, valga la redundancia, entre esa manera de llegar al conocimiento y en cómo se instrumentaliza el proceso de concepción de la arquitectura. Afortunadamente, la ley de la gravedad sigue siendo la misma”, asevera.

Más allá de las diferencias en cuanto a la asimilación de conocimiento, padre e hijo se encuentran ideológicamente conectados. “En los últimos años —sostiene Solano—, la disciplina, prisionera del lucro, ha decidido intentar reducir la mano de obra a ser aplicada en los procesos de construcción. Nosotros, sin embargo, creemos que la mano humana es una máquina fabulosa, y que la capacidad de hacer de nuestra gente no tiene absolutamente ningún límite. Lo que sí tienen límite son las cabezas que no son capaces de pensar cómo esa mano de obra puede ser aplicada en su enorme potencial para satisfacer las propias demandas y abogar por la sustentabilidad en el mundo”.

En medio de la actual crisis de sostenibilidad ambiental y el hecho de que gran parte de la población mundial vive en la pobreza y hasta en la miseria, señala que el conocimiento solo no basta para el cambio. “Tenemos una increíble cantidad de conocimiento, contando con que también seguimos teniendo los mismos recursos materiales que tuvo el planeta desde siempre. Por lo tanto, nuestra crisis es entender que conociendo lo que conocemos y teniendo lo que tenemos no somos capaces de imaginar un destino distinto para las personas. Nuestra crisis es una gran crisis de la imaginación”, lamenta el reconocido arquitecto.

Ante esta esta situación, desarrollar la capacidad de imaginación para promover un cambio social es urgente, algo con lo que Solanito no puede estar más de acuerdo. En la misma línea que su padre, añade: “Todo aquel que se de cuenta de que hay una realidad que puede ser distinta, tiene la responsabilidad de hacer algo al respecto. El hecho de que no actuemos buscando hacer algo distinto dentro de lo que identifiquemos que pueda estar mal, nos convierte en cómplices del sistema”.

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Las historias detrás de los nombres

Fue su padre (Francisco Solano, nombrado así en honor al Mariscal López) quien inició la tradición de Solanos en la familia. Años después, cuando junto a Pilar Burró esperaba a su primer hijo, indagó en diccionarios en busca de resignificar aquel nombre. Así fue como primero encontró que la solana se refería al lugar donde pegaba el sol, pero solo después de mucho indagar, en un libro viejo halló la definición que lo convenció: el solano era el viento que acompaña al amanecer, el viento que trae las cosas nuevas e inaugura el día, el constante inicio de todo. Decidió que ese sí sería el nombre de su hijo, el mismo que el suyo, pero a la vez diferente.

A la edad de cinco años, fue Solanito quien escogió el nombre de su primera hermanita. Como acostumbraba acompañar a su padre y a sus amigos a la carpintería, un día le dijo que quería que la niña se llamara Madera. El arquitecto cuenta que en ese momento tuvo una epifanía. Recuerda que en ese entonces se encontraba leyendo la obra de Elvio Romero, que le daba a entender que lo que uno admira de la madera es el veteado, la huella de su vida. Para él fue como decirle a su hija: “Que tu vida sea admirada por la huella que dejás”.

Otro lustro después llegó Cala, su tercera hija. Ante la propuesta de nombrarla así, sus hermanitos pensaron que se trataba del nombre de la mamá de Tarzán. Pilar, en cambio, creyó que era por la flor de Cala. Finalmente, Solano explicó que se refería a aquello “que te cala profundamente”. Así es como define a su tres hijos: “Uno es el que que me trae las cosas nuevas; la segunda deseé que su vida sea admirada por la huella que deja y la tercera es la que me cala en lo más profundo”.

Esta nota forma parte de la revista High Class de Junio 2017

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