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El mundo y sus esquinas: Los topos

Buscando vida entre los escombros

Por Bea Bosio

High Class Noviembre 2017 - El mundo y sus esquinas

En toda esta ola de desastres naturales que sacudieron el continente en los últimos meses, uno de los sucesos más impactantes fue el terremoto de Ciudad de México, extrañamente acaecido en la misma fecha (un 19 de septiembre) y en el mismo sitio de aquel histórico sismo de 1985, que conmovió al mundo por el nivel de daño y la cantidad de muertes.

En aquel entonces, un grupo de voluntarios civiles fue llegando a la zona afectada, en bicicleta, caminando desde sus hogares, y comenzaron a escarbar entre los escombros con sus manos, a sumergir sus cuerpos en el polvo, para encontrar sobrevivientes.

Eduardo Acevedo –uno de ellos– todavía recuerda que el sismo de magnitud 8 de la escala de Ritcher había dejado a la ciudad desolada. La casa frente a la suya estaba desmoronada y, a su alrededor, veía mujeres de rodillas rezando ante la tragedia. Tres minutos de infierno, 32 años más tarde, el recuerdo todavía lo estremece.

Acevedo tenía 20 años, y por un impulso humanitario empezó a caminar hacia las zonas más afectadas, directo al epicentro del caos. Los bomberos no daban abasto, y aceptaron la ayuda voluntaria de estos hombres que se fueron organizando espontáneamente entre sirenas y llantos ahogados en todas partes.

Ciudad de México había sido declarada zona de desastre.

Estos voluntarios pasaron a la historia por aquel esfuerzo humanitario y se organizaron bajo el nombre de Brigada Internacional de Rescate Tlatelolco Azteca A.C., aunque en el mundo pasaron a ser conocidos simplemente como “Los topos”.

Su prestigio como rescatistas creció internacionalmente, y su trabajo pronto empezó a ser requerido en otras partes del mundo afectadas por desastres naturales. Estuvieron en el sismo de Kobe, Japón, en 1995; en un derrumbe en el Cairo, en 1996; en el terremoto de Colombia de 1999; en el tsunami en Indonesia en 2004; el terremoto de Haití de 2010, y el terremoto y tsunami de Japón de 2011.

Un patrón que tuvo Acevedo un poco después de 1985, le dijo acertadamente: “Vas a conocer el mundo, pero un mundo devastado”. La profecía se cumplió, porque la misión de Los Topos es entrar a los lugares en medio de las más estremecedoras crisis.

Hace pocas semanas, minutos después de que el asolador terremoto de 7.1 azotara nuevamente a Ciudad de México, cuando los edificios empezaban a desmoronarse, la gente y los reporteros que cubrían en vivo el desastre, pedían al unísono: “¡Que vengan Los Topos!”.

Y ahí estuvieron presentes nuevamente. Trabajando junto a los soldados y a la ciudadanía atónita que formaba cadenas humanas, que montaba guardia e intentaba aportar como podía, en apoyo a los vecinos que no tuvieron la misma suerte. Seres humanos, ciudadanos de una de las capitales más pobladas del planeta, perdidos en el anonimato del día a día, pero unidos y comprometidos ante la catástrofe.

El trabajo de Los topos es voluntario. No reciben remuneración alguna por sus esfuerzos humanitarios. Tampoco se consideran héroes. Más bien entienden su obra como una respuesta natural a la magnitud de un desastre. Cuando los servicios de emergencia no dan abasto, aparecen ellos, vestidos de naranja, en el lugar adonde sean llamados. En el rincón del planeta donde se precise de entrega, servicio y coraje.

Como bien dijo uno de ellos al ser preguntado qué era lo que los definía: “Aceptar la muerte, renunciar a la vida, no hay noche ni día. No hay remuneración, ni frío ni calor. No hay miedo, no hay comida, únicamente hay servicio a los demás… Entonces eres un Topo”.

Sin duda, hay eventos que sacuden nuestras vidas literal y figurativamente. Que nos enfrentan al miedo, al peligro y a la muerte. Y es en esos momentos –en medio del polvo y el caos– en donde el ser humano despliega las virtudes más sorprendentes. Desde el fondo de los escombros, como un acto alado de un Ave Fénix, Los Topos son esperanza de vida y un ejemplo que conmueve.

Salud por ellos. Por la valentía y por devolvernos la fe en la gente. ¡Y que viva México, hoy y siempre!

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Si querés contactar con Bea, podés escribir a comentarios@highclass.com.py

Esta nota forma parte de la revista High Class de Noviembre 2017

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