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Arte: Waldo Longo

Entre la persona y el personaje

Con Bestia Pop, su última muestra, Waldo Longo dio a conocer una nueva etapa de su vida. En la era de las redes sociales, la tecnología y el diseño digital —que durante mucho tiempo le sirvió como medio de expresión— él decide tomar el pincel, cargarlo de color y dejarse llevar sobre el lienzo con la misma intención de su faceta de ilustrador: provocar.

Por Mariela García

High Class Arte Junio 2017

Waldo Longo convive constantemente con el deseo de evolucionar, reinventarse, y el temor de quedarse estancado haciendo siempre lo mismo. Su vida artística se divide en periodos que se entremezclan y carecen de límites definidos: “Realmente tengo muchos inicios. Ahora estoy en una etapa totalmente diferente a cuando comencé”.

Su nombre verdadero es Valdovino Torres, nació en 1968 y empezó a dibujar a los seis años. Nunca paró. Con la revolución de las computadoras su arte se volvió digital, hasta que surgió en él la necesidad de volver a crear con las manos. Esto lo llevó a involucrarse con el lienzo y los acrílicos, una decisión que tomó hace ya dos años. Y a esta búsqueda interior la coronó con una muestra individual que tuvo lugar en marzo pasado en Hepner Galería.

Sin embargo, no se trataba de su primera exposición. Ya había presentado obras digitales en la extinta galería Planta Alta, el Centro Cultural de España Juan de Salazar y el Centro Paraguayo Japonés, entre otros. “A la gente le gustaba lo que hacía pero yo no le daba tanto valor. Al hacer algo en digital vos podés imprimirlo 25.000 veces si querés. Pero si una persona quisiera, por ejemplo, comprar una obra, desearía que fuera única. Creo que esta es la razón por lo que a pesar de la buena crítica, ellos no adquirían lo que yo hacía”, relata.

Por insistencia de amigos, quienes lo animaron a pintar, se atrevió a hacerlo. “Pintar tiene otro valor y genera otra sensación al momento de crear algo. En la computadora todo es muy rápido: tuviste la idea, la realizaste y se acabó ahí. No te compenetraste con ella. Con la pintura, en cambio, tenés una relación más duradera e incluso más cercana. Uno siente muchas cosas a medida que va pintando. Se te van ocurriendo otras maneras de seguir comunicando y cuando terminás resulta ser algo mucho más rico que la idea original, porque te tomaste el tiempo para disfrutar del proceso”, expresa.

No teme confesar que esta transición le resultó en parte, un poco dura. Ya en este nuevo periodo comenzó emulando sobre el lienzo lo que hacía en el ordenador. Todavía insatisfecho se encerró en el estudio de un amigo suyo, el también artista Hugo Cataldo Barudi, quien le compartió sus conocimientos sobre el acrílico.

Fue todo un año de ensayo y error constante en el que llegó a decirse a sí mismo: “esto no es para mí, mejor vuelvo a lo digital, que en muchos aspectos es mas cómodo”. Pero no se rindió y pasó de largo otros doce meses en los que sí pudo sentirse contento con lo que hacía. “Le perdí el miedo al lienzo”, añade.

Semejante sometimiento dio sus frutos: 27 obras de variados temas. “Un caos ordenado”, según sus propias palabras. Un recorrido que iba del erotismo a la violencia, y de esta a la ternura, con una parada en el bondage. “Son cuestiones que chocan mucho pero no del modo bizarro, sino por la situación en sí”, explica el artista. “A mí me encanta provocar. Crear reacciones en la gente es la razón de hacer arte. Quiero causarle sorpresa”, agrega.

Esta intención se evidencia en varias de sus facetas. En su cuenta de Instagram (@waldolongo), por ejemplo, desarrolla la tarea de intervenir una fotografía, ya sea de una esquina cualquiera o de elementos de uso cotidiano “para que ellos [los demás] puedan mirar eso, tan común, de una manera distinta. Están tan acostumbrados a algunas cosas que ya pasan desapercibidas y yo quiero devolverle a la gente esa capacidad de sorprenderse, incluso de los elementos cotidianos, con los que siempre conviven”, expresa.

Lo curioso es que en muchos de estos escenarios se puede identificar a un ente peculiar, a una especie de monstruo de color negro. Sobre cómo nació este personaje, Waldo cuenta: “Uno trata de reflejarse en algo; por eso nunca una obra es impersonal, ya que uno trasmite en ella algo de su ser. En mis trabajos no solo estaba el sentimiento presente, sino también impreso, ya que yo me representaba con este personaje para contar algo. Lo simpático es que fueron las demás personas quienes se dieron cuenta de esto, no yo”, comparte. Así fue como la gente que admira su trabajo terminó reconociéndolo en este personaje, el cual resultó ser “la gran bestia pop”. Es él quien pude partirse a la mitad, volar y recibir todos los golpes, sangrar y seguir íntegro. A veces es tierno, es romántico y protector, y otras simplemente quiere violencia. Justamente, esta última palabra es la que más redunda en el lenguaje artístico de Waldo. Su argumento es que él fue criado por la tele, el cine y lo que pasaba en la calle. Creció viendo cosas que se relacionan directa o indirectamente con todo lo que hace. “Hay una frase que dice «sin dolor no hay poesía». Incluso el nacer es un acto violento y la violencia es ese nacimiento difícil de cada una de mis obras”.

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Una vida en etapas

Un amigo suyo le dijo alguna vez que “hay que saber cuándo terminar algo”, y a pesar de que esas palabras se referían al acto de pintar y dibujar, él las adoptó como una especie de filosofía. Durante un tiempo sintió una fijación por los zombies, seres grotescos y de terror que él admiraba como individuos inocentes que solo tenían hambre. Su trabajo ahora se basa en retratar el dolor por elección, como el bondage o en el otro extremo, la religión, con sus santos mártires.

“Personajes que eligieron el dolor por decisión propia, ya sea por placer o por algún otro motivo, que igualmente es una manera de ser masoquista. Tal vez con el hecho de mezclar el sadomasoquismo y la religión, me esté ganando el infierno”, bromea, y agrega: “Son etapas, y en un momento voy a terminar esta como con otras anteriores que tuve. A lo que más le tengo miedo es a quedarme atrapado en algo, a terminar haciendo lo mismo por veinte o treinta años. Quiero ir evolucionando, concluir un ciclo y empezar otro”.

Por eso es que al finalizar su periodo dentro del dibujo digital optó por el pincel, aunque no descarta volver al dibujo con lápiz y papel. “Antes me tomaba todo el tiempo necesario para cargarlo de detalles. Ahora me defino como más minimalista. Tal vez por la premura de querer terminar algo para involucrarme en otra cosa nueva”, prosigue. Independientemente del estilo que escoja, afirma que para él lo importante es la idea y las sensaciones que pueda llegar a producir.

No obstante, nunca consideró dedicarse netamente al arte. Al terminar el colegio probó la carrera de Arquitectura, la cual no logró llenarlo por completo. En cambio con el Diseño Gráfico fue amor a primera vista. Con el tiempo se metió en el mundo de la publicidad —desde hace más de 20 años es director de Arte en Biederman Publicidad— pero siempre mantuvo esa vida paralela, en la que salía de la agencia y quería llegar a casa para pintar y dibujar por el simple hecho de que esto siempre le hizo feliz.

También con el tiempo llegó la posibilidad de mostrar lo que hacía, junto con otros amigos, y aunque al principio no vendía ninguna de sus creaciones no se desanimó porque comercializar su obra nunca fue su meta principal.

Ahora, en cambio, con la ayuda de la galería con la que se encuentra colaborando, comienza a plantearse que podría vivir de esto. “Con esta muestra, ambas partes quedamos entusiasmados y hablamos incluso de mover mis obras fuera del país, ya que, siendo sinceros, lo que hago no es para todos los gustos. No es algo que cualquiera colgaría en su sala. El mercado puede estar afuera pero de eso ya se van a ocupar ellos. A mí me toca relajarme y seguir pintando para mi siguiente muestra, que posiblemente se dará a finales de 2018”, adelanta.

Pero todavía sigue inmerso en estas dos vidas, en las que curiosamente se codean tres personalidades que tienen como nombre Valdo, Waldo y Vilo: el publicista, el artista y quien firma las obras. “Es muy fácil que, como Valdo, una idea me pille en medio del trabajo, pero como Waldo no se me ocurre nada de esa otra persona. Es como que me voy inclinando cada vez más a lo meramente artístico. Por eso creo que muy pronto podría dedicarme solo a esto”, manifiesta. Tal vez, solo entonces estará a salvo, porque cómo lo ve: “Todos crecemos dibujando pero dejamos de hacerlo cuando perdemos esa fantasía, cuando dejamos de imaginar cosas y ya no buscamos traerlas a la realidad. El mundo real es un terrible devorador de fantasías y poca gente se salva”.

Esta nota forma parte de la revista High Class de Junio 2017

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