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Arte: Marcos Benítez

Tradición y concepto

Marcos Benítez se divide entre lo conceptual y lo tradicional, creando discursos contemporáneos a través de expresiones populares. Nacido en Asunción en 1973 y formado con artistas del calibre de Livio Abramo, João Rossi, Edith Jiménez, Olga Blinder, Felipe Noé y José Resende, se desenvuelve como artista desde 1990, trabajando distintos medios expresivos y exponiendo tanto en Paraguay como en el extranjero.

Por Valeria Gallarini Sienra

Arte - Marcos Benítez - High Class 2017

La cerámica y el grabado son tal vez los medios por los cuales más se lo conoce, aunque no son los únicos que han sido explorados por este polifacético y talentoso artista. Su obra le ha valido importantes reconocimientos como el Premio de Grabado Livio Abramo (1994), el Premio de Arte Joven del Diario La Nación (1996) y el Premio Matisse (2000).

Con relación a su muestra Aire, el reconocido crítico Ticio Escobar escribió: “La imagen de Marcos Benítez explora los límites de la materia: sus fronteras con lo incorpóreo. La levedad, que actúa como un motivo central en su obra. Se expresa ya en sus primeras xilografías a través de sombras sutiles y texturas livianas, de brevísimas estrías que llenan de poros y latidos esos tejidos casi transparentes”. Ciertamente una descripción elocuente y precisa de uno de los principales rasgos de la obra de un artista que hoy te invitamos a conocer más de cerca.

¿Qué fue lo que te acercó al arte?
Desde niño me atrajo el arte, crear cosas, y creo que fueron mis hermanos mayores los que me estimularon. Yo soy el menor (tenemos muchos años de diferencia) y mis hermanos siempre fueron mis ídolos. Acompañaba a mi mamá y a mi hermana mayor a los festivales en el Teatro Municipal —ella fue bailarina desde los 5 años— y todo ese mundo de la escenografía y el vestuario era apasionante desde mi mirada de niño. También observaba horas a mi hermano Juan cuando realizaba sus maquetas rallando teja, tiñendo esponjas en distintos verdes para los árboles de miniatura. Ellos también estudiaron arte y sus cuadros estaban colgados en la casa. Mi mamá siempre nos estimuló y apoyó, y lo más importante, pagó nuestra formación en el arte.

¿Cómo fueron tus primeros años como artista?
Tuve un inicio privilegiado. Estudié con los grandes artistas vivos del momento y a los pocos años ya exponía con ellos. Esto no se da en todos los países, existen muchos coladores.
A los 18 años participé de una muestra colectiva en Alemania, oportunidad en la que visité los principales museos de ese y otros países de Europa. También pude ir a la Bienal de Venecia. Fue algo extraordinario. Comento esto no a manera de mostrar lo que hice sino con el fin de reflejar que estoy muy agradecido a la vida, a mis padres y a todas las personas que hicieron posible esto.

A lo largo de tu carrera te desempeñaste con distintos medios para desarrollar tu arte. ¿Con cuál de ellos te sentís más cómodo?

Trabajo generalmente realizando proyectos, y dependiendo del contenido voy eligiendo con que trabajar. Luego tomo lo que conceptualmente me cierra. Trabajo mucho intuitivamente y me dejo atravesar por las cosas. Cuando trabajo en comunidades imprimo cosas, saco huellas, registro con fotografía o video. Me inicié con el grabado con Livio Abramo y Edith Jiménez. La huella es tan primitiva, tan primaria. Fue lo primero que hicimos y eso está siempre presente de alguna manera en mi obra. En mi proyecto Mutaciones, por ejemplo, trabajé la cerámica con artistas de Areguá que intervinieron cabezas alcancías hechas con el molde de mi propia cabeza.

¿Qué recuerdos guardás del espacio cultural El Aleph?
El Aleph fue un momento muy especial. Yo era muy joven y se dio en una coyuntura en nuestro país donde todo se estaba gestando. Fue un espacio muy particular donde hacíamos tertulias, exposiciones y confrontábamos nuestra obra. Compartimos espacio con personas muy queridas que ya no están, como el caso de mi amigo Feliciano Centurión, quien creó un lazo muy importante con la generación de los 90 de Argentina y Paraguay, y nos organizó una muestra en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires.

¿A qué se debe tu interés por el arte popular paraguayo?
El arte popular siempre fue mi fascinación, pero tengo que reconocer que también hay muchas personas que hicieron posible que yo me encontrara con esto, desde Josefina Plá e Ysanne Gayet a Osvaldo Salerno y Ticio Escobar, entre tantos nombres. El arte popular en Paraguay es muy rico y tiene múltiples lecturas desde lo híbrido, lo ingenuo y lo poético.

¿Tuviste algún mentor?
No tuve un mentor específico pero sí muchas personas que me apoyaron. Muchos mentores en todo caso. Pero fue el artista paraguayo Julio González la primera persona que me pidió ver mis trabajos en la Galería Miró de Mabel Valdovinos.

¿Quiénes son tus referentes artísticos?
Siempre me gustó el arte de Oriente, la caligrafía, el grabado, etc. De chico tenía acceso a una revista japonesa y otra coreana de contenido cultural. Ahí leía entrevistas a grandes artistas contemporáneos y quedé loco con la obra de Nam June Paik y otros. Pero sin duda admiro y respeto de gran manera a los artistas populares e indígenas. También agradezco a todos los artistas nacionales que construyeron e hicieron camino para las próximas generaciones.

En tu trabajo más reciente, ¿existe alguna obra especialmente significativa para vos?

Por los 20 años de mi primera muestra individual, realicé una serie de exposiciones en diferentes espacios y una de ellas fue en el Centro Cultural Citibank. La muestra se llamo Piré y fue una de mis últimas producciones. Para mí fue especial ya que fueron años de trabajo, un proceso que fui mostrando en fragmentos hasta presentarlo en su totalidad.

¿De qué manera dialoga la práctica de yoga con tu arte?
El yoga en mi vida siempre fue un cable a tierra; me ayuda a mantenerme en equilibrio. Todo lo que llega a mí después lo capitalizo en mi obra. Por ende, el yoga siempre estuvo en mi obra, en algunas ocasiones de formas más visibles que en otras. Para un proyecto de la Fundación Rockefeller —dentro del marco de Espacio Crítica y las instituciones del arte— trabajé con sonidos de mi respiración interviniendo en circuito cerrado todo el Museo del Barro / Centro de Artes Visuales. También realicé una obra que se llamó Proyecto Prana, relacionado con la energía vital, que consistía en una serie de movimientos trabajados con fotografía. En la Bienal del Mercosur y el Museo de Arte de Moderno de Curitiba presenté mi obra Aire, entre otras. Todas estas estaban muy ligadas al yoga.

¿También en este momento estás desarrollando un taller de grabado?
Sí, y de hecho me gustaría invitar a todos a mi taller: “Cabichuí taller de grabado” que habita en el espacio Tragaluz (Telmo Aquino 3772 casi Flores Cantero) donde cada día sábado doy clases de 17 a 19 horas. Pueden llamar a hacer más consultas al 0981 923 138.

¿Qué es el arte para vos?
Para mí el arte es vida antes que nada. Desde muy chico fue un motor y un estímulo, después viene el resto como el de comunicar, expresar o generar nuevas miradas sobre algunos temas. El arte o el artista ofrecen otra mirada de las cosas, y en cierta manera es un respiro saber que se puede tener múltiples miradas sobre un mismo tema.

Esta nota forma parte de la revista High Class de Mayo 2017

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